Luz de Yara: la leyenda más antigua de Cuba

Algunos consideran la llamada «Luz de Yara» como la leyenda más antigua de Cuba. Lo cierto es que está relacionada con uno de los primeros símbolos rebeldes de nuestra tierra: Hatuey.

Bravura y coraje

Según el testimonio del padre Bartolomé de las Casas, Hatuey se vio obligado a emigrar después de sufrir persecución en la región de Guahabá, en La Española. Allá se había sublevado contra la explotación de los conquistadores españoles y su resistencia tuvo varios seguidores. La única opción del grupo fue embarcarse en canoas hacia el oriente del mayor archipiélago de las Antillas.

Apenas comenzaba el siglo XVI y con él la colonización española en América. La población aborigen sufrió vejámenes increíbles a causa de la codicia de los llamados hombres blancos. Cualquier acto de desobediencia era brutalmente castigado.

No obstante, Hatuey continuó luchando por sus derechos. Dicen que en Cuba se asentó en la desembocadura del río Toa, por la región de Maisí. Como estrategia, prepararon varias emboscadas para enfrentar a los españoles, pero pronto se impuso la superioridad en armas y hombres del bando ibérico.

Gracias a un traidor, Diego Velázquez pudo rodear y capturar a Hatuey. El indio rebelde fue llevado a Yara en Febrero de 1512, donde sufrió el suplicio de la hoguera, por mano de aquellos europeos, ya muy diestros en quemar gente en las piras inquisitoriales del Viejo Mundo.

«¿Hay gente como ustedes en el cielo?», preguntó Hatuey.

«Hay muchos como nosotros en el cielo», contestó el sacerdote.

Hatuey respondió entonces que él no deseaba saber nada de un Dios que permitía que tal crueldad fuera hecha en su nombre.

Y aquí está el origen de la leyenda.

Los colonizadores españoles juraban que Hatuey no había muerto. Decían que, prendida la hoguera, después de que el cacique se negara a la absolución de sus pecados, su alma voló ilesa por los aires, confundida entre las llamas.

Y se hizo la luz

La Luz de Yara es uno de los mitos más antiguos de la Isla y aparece reflejado en la literatura del siglo XIX. Se han fabricado varias versiones en torno al tema, entre ellas la que cuenta que al ser quemado el indio, de su boca salió una luz cegadora que vaga errante desde entonces por la zona, apareciendo durante la noche a todos los que viajan por el lugar.

Otra versión refiere que mientras el aborigen era ultrajado, Yara, su compañera, se arrimó a él y murió también, y ahora su espíritu vaga convertido en luz que puede observarse en diferentes colores, tal vez protestando por el asesinato de su amado.

Esta luz intensa ilumina los campos y es la causa de que muchos caminantes se extravíen en su recorrido, algunos ómnibus también han sido desorientados por ese gigantesco resplandor.

Se dice que si se nos acerca, debemos ponernos la ropa al revés para no perder el control de nuestros actos y procurar seguir nuestro rumbo como si tal cosa, orientando el ganado para que no vaya a otro potrero que no sea el acostumbrado para pasar la noche.

No se puede decir que la creencia es solamente entre las masas incultas del pueblo, los orientales creen firmemente en la tradición maravillosa de esa luz, aunque pertenezcan a clases elevadas por su educación y cultura.

Ambas versiones parten de un mismo concepto: «el espíritu de un muerto es una realidad tan tangible y cotidiana que cualquier persona puede topar con el mismo; lo cual consideramos como una marca del pensamiento aborigen en el pensar del criollo actual en esta región de Cuba», escribió el investigador Don Fernando Ortiz.

Símbolo de Cuba

La luz de Yara es todo un símbolo para los cubanos.  No es casual que uno de los regimientos de élite enfrentados al poder colonial, durante la Guerra del 95, tomara su nombre.

Y quizás aquellos colosos, en las noches del campamento mambí, recitaran los versos de El Cucalambé, príncipe de la décima cubana:

Yo soy Hatuey, indio libre

sobre la tierra bendita

como el caguayo que habita

debajo del ajengibre.

 

Deja que de nuevo vibre

mi voz allá entre mi grey,

que resuene en el batey

el dulce son de mi guamo,

y acudan a mi reclamo

y sepan que aún vive Hatuey.

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